Los jóvenes: Agentes transformadores del Patrimonio cultural inmaterial

La transmisión del patrimonio cultural inmaterial se desenvuelve hoy en día en un contexto global desafiante y complejo. Fenómenos como la migración constante, el crecimiento acelerado de la urbanización, la globalización, las tendencias homogeneizadoras, los constantes y vertiginosos cambios en los modos de comunicación reconfiguran las dinámicas intergeneracionales.

Como consecuencia, estas transformaciones generan inevitables tensiones con los espacios tradicionales de transmisión de las dinámicas y expresiones culturales que históricamente han sido construidas en la oralidad, la convivencia familiar y comunitaria, así como en la práctica cotidiana para la interrelación entre individuos y comunidad.

Al confrontarse la modernidad acelerada y en apariencia aplastante con estos saberes locales se corre el riesgo de que estas expresiones sean percibidas como obsoletas, estáticas o ajenas al presente. De este modo se tiende a asumir una desvinculación de la juventud con su patrimonio cultural inmaterial por falta de interés, se estructuran narrativas y sesgos que tildan a los jóvenes de indiferentes ante sus tradiciones, música, cantos y rituales.  Sin embargo, este prejuicio nace de un error fundamental de concebir a las nuevas generaciones como receptores pasivos de los conocimientos y de la sabiduría de sus ancestros, un sesgo que limita su papela la recepción y práctica de un “patrimonio intacto”.

Pensar en los jóvenes de esta manera solo invalida su capacidad de agencia trasformadora. Por lo tanto, es preciso retirar la venda de los ojos y observar que no es desinterés ni apatía hacia su patrimonio, sino más bien, es necesario un cambio de paradigma para concebir que la juventud tiene una forma distinta de relacionarse con su legado, con su patrimonio vivo.  La juventud vive la tradición desde una forma creativa, desde una realidad inmediata, ejerciendo su propia agencia en la construcción de su identidad, para resignificar las manifestaciones, los saberes y de una manera dinámica hacerlos propios y darle sentido individual y colectivo en un mundo contemporáneo que forja una cultura más dinámica.  De este modo, estas rupturas generacionales se revelan, en la realidad como un proceso de resignificación que da continuidad a las tradiciones y a la construcción de identidades.

 La juventud no concibe el patrimonio cultural inmaterial como un mandato estancado. Para las nuevas generaciones es un elemento vivo que cobra fuerza a través de los significados identitarios que se le otorgan. Al adaptarse y recrearse como parte de la cultura, el patrimonio se integra en su visión del mundo y se transforma en una herramienta de expresión, resistencia y respeto por los derechos humanos y culturales, donde lo ancestral y lo contemporáneo se fusionan de manera legítima.

Es a través del protagonismo de los jóvenes que el patrimonio cultural inmaterial construye puentes entre generaciones, enunciándose en un presente que trasciende el pasado y se proyecta hacia el futuro. Este patrimonio vivo (expresado en artes, danzas, rituales y tradiciones ancestrales) se reinterpreta hoy para construir un futuro sostenible, cimentado en el respeto y el equilibrio con la naturaleza y el universo. Esta capacidad de agencia se hizo evidente durante la crisis sanitaria por la pandemia. Frente a las estrictas cuarentenas, el distanciamiento social y la prohibición de eventos masivos, la juventud emergió como un actor innovador, creativo y transformador del patrimonio cultural inmaterial. Ante este escenario, las comunidades atestiguaron el papel activo de los jóvenes, quienes adoptaron herramientas digitales, tecnología y canales de difusión masiva para registrar, investigar y documentar sus tradiciones. Mediante formatos como el pódcast y la producción audiovisual, no solo garantizaron la continuidad del patrimonio vivo, sino que lo recrearon y revitalizaron.

De este modo, los jóvenes mantuvieron y mantienen vivas las expresiones culturales de sus comunidades y tendieron puentes para que el hilo de transmisión de sus manifestaciones se conservara presente y se fortaleciera.

En suma, garantizar la participación de los jóvenes en la salvaguardia de su patrimonio inmaterial equivale a reconocer su agencia y asegurar el ejercicio pleno de sus derechos culturales.  Por ello, la sostenibilidad de los saberes y prácticas tradicionales exige el diseño de estrategias pedagógicas y espacios de dialogo que integren activamente su voz en las políticas públicas y en la toma de decisiones. Validar sus identidades individuales y colectivas desde su propio lugar de enunciación, y reconocer su capacidad de agencia, permitirá superar sesgos históricos y consolidar una salvaguardia activa y con voz propia. Así, el patrimonio vivo dejará de ser un recuerdo estático para transformar la memoria en un habitar continuo del presente y aportar a la construcción de un futuro con pleno goce de los derechos humanos.

Escrito por: Ivette Denise Gastañaga Santos

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