El patrimonio cultural inmaterial -entendido como el conjunto de usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas que las comunidades transmiten de generación en generación- mantiene una relación profunda con el medio ambiente. Muchas de esas prácticas surgen de la observación atenta del entorno y contienen formas de cuidado y conservación de la naturaleza. En un contexto de crisis climática, este vínculo adquiere un valor renovado, puesto que estos saberes constituyen herramientas vigentes para sostener la biodiversidad. En este sentido, resulta necesario explorar cómo la cultura y la naturaleza se sostienen mutuamente y porque proteger una implica, necesariamente, cuidar la otra.
Dos instrumentos internaciones permiten comprender esta relación. El Convenio sobre la Diversidad biológica (1992) establece la necesidad de respetar, preservar y mantener los conocimientos y prácticas de las comunidades indígenas y locales relevantes para la conservación y uso sostenible la biodiversidad. Por su parte. la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO (2003) reconoce estos conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo como ámbito del patrimonio vivo. Aunque parten de marcos distintos, ambos instrumentos describen un mismo fenómeno: saberes que emergen de la interacción entre una comunidad y su territorio. La investigación lo respalda, estudios sobre los q’ero del Cusco muestran que su lectura del clima es inseparable de los rituales de reciprocidad con la tierra, mientras que el análisis de los rituales del agua en Cullhuay, en Perú, evidencia conocimientos sobre la gestión hídrica que trasciende los enfoques exclusivamente técnicos.
Un aporte relevante de estos saberes es su capacidad para anticipar el comportamiento del entorno. En Chile, diversas comunidades organizan sus actividades en torno a indicaciones como la floración de las plantas, la llegada de aves o el caudal de los ríos, sintetizando generaciones de observación en calendarios ecológicos que orientan la siembra, cosecha y la prevención de riesgos. En la Amazonía colombiana, un estudio demostró que el conocimiento tradicional sobre la transición entre temporadas de lluvias y secas coincide con los periodos de mayor incidencia de enfermedades como la malaria y el dengue. Se trata de informaciones precisa, contextualizada y adaptada a cada territorio, siendo un recurso clave para la adaptación climática.
Asimismo, este patrimonio se traduce en prácticas que fortalecen la resiliencia. Las semillas nativas y los conocimientos asociados a su cultivo funcionan como estrategias de adaptación; en Ecuador se ha documentado cómo este patrimonio alimentario refuerza la capacidad de recuperación de los territorios frente a crisis como el cambio climático. La medicina tradicional, por su parte, vincula las comunidades con su ecosistema y convierte el conocimiento de las plantas en un puente cotidiano entre las personas y su entorno. De este modo, el saber se materializa en prácticas vinculadas a la alimentación y la salud.
Estos casos evidencian que la salvaguardia del patrimonio vivo y conservación del medio ambiente constituyen dimensiones de un mismo esfuerzo. La diversidad cultural y la diversidad biológica se sostienen mutuamente: cuando un ecosistema se degrada, también debilita los conocimientos que dependen de él. La desaparición del glaciar del Cotacachi, en Ecuador, ilustra esta relación, debido a que la pérdida de su entorno natural conlleva la transformación de prácticas y significados culturales asociados al territorio. Cabe señalar, además, que varias de estas prácticas no establecen una separación entre personas y los elementos con los que conviven, los rituales de reciprocidad conciben a la montaña, el agua o la tierra como interlocutores, y no como simples recursos, configurando una relación entre lo humano y no humano.
Estas consideraciones tienen implicancias directas para la gestión. Si la cultura y la naturaleza forma un entramado indivisible, las políticas que las abordan de manera separada —por un lado, la conservación ambiental y, por un lado, la salvaguardia del patrimonio— resultan limitantes. Integrar ambos enfoques, reconociendo a las comunidades como gestoras de sus territorios, incorporando sus conocimientos en los planes de adaptación climática y garantizando su participación y su seguridad, permite alcanzar mayor eficiencia. El impacto es recíproco: una estrategia ambiental que ignora las prácticas locales puede erosionar el patrimonio, mientras que una medida de salvaguardia del patrimonio que desatiende el entorno pierde sustento.
En definitiva, el patrimonio cultural inmaterial y el medio ambiente no constituyen ámbitos paralelos, sino dimensiones interdependientes de la relación entre las comunidades y sus territorios. Los saberes tradicionales ofrecen formas de leer el clima, cuidar el agua y sostener la biodiversidad. Salvaguardarlos, junto con las personas y los ecosistemas que les dan vida, es fundamental para construir territorios y comunidades más resilientes.
Autor: Franko Fernández Carpio


