La cotidianidad de los pueblos indígenas u originarios no es una obra estática del pasado; es un latido constante que llena de vida el presente. En cada faena agrícola, en la elaboración de un tejido, en la medicina tradicional, en el canto ritual, se reproducen formas de sentir, de comunicar, de conectarse con el bienestar, crean comunidad habitando sus territorios en conexión con la Madre Tierra. Este fluir cotidiano es la esencia misma del patrimonio cultural inmaterial: una herencia viva que da sentido de pertenencia y sostiene la identidad cultural de millones de personas.
Según el informe del Banco Mundial, denominado Latinoamérica indígena en el siglo XXI, en la región habitan más de cuarenta y dos millones de personas pertenecientes a comunidades indígenas u originarias, con una presencia especialmente significativa en países como México, Guatemala, Perú y Bolivia.
Durante siglos, la situación de los pueblos indígenas u originarios ha estado permeada por procesos de marginalidad y exclusión afectando al ejercicio de su ciudadanía plena y de sus derechos humanos. En este contexto, surgieron marcos jurídicos internacionales para la promoción y protección de sus derechos como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que representó un hito al exigir el respeto a la cultura, la protección de los territorios y el derecho a la consulta previa, libre e informada.
Sumándose, la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas que profundizó en la dimensión colectiva, situando la autodeterminación en el centro de la reflexión y el derecho inalienable a decidir sobre su propio desarrollo político, social, cultural y económico, garantizando la relación ancestral con sus tierras.
Junto a estas iniciativas jurídicas, destaca la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO (2003), que reconoce abiertamente la contribución de los pueblos originarios a la diversidad cultural y al desarrollo sostenible.
Estos instrumentos no son meros textos jurídicos, son escudos de protección para el patrimonio inmaterial y, al mismo tiempo, condición indispensable para la conservación de la biodiversidad del planeta; su aplicación contribuye significativamente a la viabilidad de la herencia ancestral es, al mismo tiempo, el cimiento de la identidad comunitaria.
Pero ¿cómo aportan los pueblos indígenas a la sostenibilidad del mundo contemporáneo?
La respuesta reside en la naturaleza misma de los complejos sistemas de conocimientos y saberes construidos y transmitidos por generaciones. Los saberes indígenas son colectivos, dinámicos y adaptativos. No están congelados en libros, sino que se transforman frente a las exigencias del entorno mientras se transfieren de generación en generación mediante la práctica y el respeto mutuo de los individuos y los ecosistemas.
Su valiosa contribución abarca áreas vitales como: sistemas alimentarios y agricultura sostenible a través de técnicas de cultivo adaptadas a climas extremos y conservación de semillas nativas. Otra área de aporte fundamental es la medicina tradicional y botánica, por la comprensión profunda de las propiedades curativas de la flora y fauna local. Asimismo, la gestión de ecosistemas mediante prácticas de convivencia armónica con la Madre Tierra que preservan la biodiversidad frente a la degradación ambiental.
El aporte de los sistemas médicos-religiosos de las comunidades originarias no solo reside en el conocimiento profundo de la herbolaria, sino en la integración de rituales sagrados que protegen el equilibrio físico y espiritual de la comunidad. Asimismo, la tradición oral acompaña como un legado vivo de conocimientos ecológicos expresados en cantos, mitos y rituales que plasman formas enteras de concebir el mundo.
Otra expresión de los pueblos originarios que destacamos es la alfarería que refleja el liderazgo y la sabiduría de las mujeres en la recolección de arcillas y resinas naturales, plasmando su visión espiritual en vasijas de uso cotidiano y ritual. Esta forma de expresión es un mecanismo de resistencia ecológica y cultural frente al avance de las malas prácticas de las economías extractivas y de las economías ilegales que devasta territorios en los que las comunidades indígenas habitan, la modelación de barro es un arte ancestral transmitido de madres a hijas. La alfarería tradicional desde tiempos inmemoriales es el pilar de la economía, identidad cultural relacionada al espíritu femenino de la Madre Tierra y la vida.
Por tanto, es importante señalar que el patrimonio cultural inmaterial de las comunidades indígenas resguarda conocimientos, sabiduría con raíces locales que generan resiliencia frente a condiciones climáticas y ambientales en constante cambio, que impactan positivamente en nuestros sistemas identitarios, culturales, climáticos, ecosistémicos, alimentarios, por ello, es crucial resguardar y proteger el patrimonio vivo de estas comunidades y propugnar que su voz sea escuchada y se tejan acciones que impulsen y promuevan el respeto de los usos consuetudinarios, de su diversidad cultural, que se proteja la biodiversidad, sus modos de vida y practicas íntimamente ligadas a la naturaleza y los ecosistemas, en pocas palabras respetar los derechos culturales y humanos de estas comunidades.
Finalmente, no basta con reconocer el valor simbólico o histórico de estos pueblos, es urgente garantizar la participación amplia de estas comunidades en los procesos de decisiones que impactan sobre sus modos de vida, volcar la mirada y el entender que el patrimonio cultural inmaterial de los pueblos originarios es el corazón y pilar fundamental de la diversidad cultural que abriga América Latina, entender y acercarse a la complejidad de la dimensión del patrimonio cultural inmaterial de los pueblos indígenas asegurará sus derechos territoriales, lingüísticos, culturales y humanos sean protegidos y con ellos garantizar el que el latido del patrimonio vivo siga alimentando el futuro de la humanidad.
Autora: Ivette Denise Gastañaga Santos


