Saberes que curan: el patrimonio vivo como medicina integral

Cada 7 de abril, el Día Mundial de la Salud nos recuerda que la salud es un derecho fundamental de todas las personas. Esta fecha nos invita no solo a valorar su importancia, sino también a reflexionar sobre los desafíos que aún persisten para garantizar un acceso equitativo y oportuno a servicios de salud de calidad. Asimismo, es una oportunidad para reconocer cómo las comunidades han sostenido la vida en sus territorios mediante conocimientos y prácticas propias. En este contexto, surge una pregunta clave: ¿Qué lugar ocupan entonces los saberes tradicionales en la salud de nuestros pueblos?

En América Latina, la partería, la medicina tradicional y las prácticas espirituales acompañan los procesos de bienestar, salud y enfermedad en estrecha relación con las familias y el entorno. Estos conocimientos, transmitidos por generaciones, forman parte del patrimonio cultural inmaterial. Contribuyen al equilibrio físico, emocional y espiritual, e integran la salud individual con el bienestar colectivo y territorial.

La Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial reconoce estos saberes como parte esencial de la diversidad cultural y destaca el rol central de las comunidades en su creación, transmisión y recreación. Frente a persistentes desafíos sanitarios, limitaciones en el acceso a servicios y brechas en la pertinencia cultural de los sistemas de salud, resulta fundamental valorar estas prácticas que continúan sosteniendo la vida en los territorios.

Este patrimonio comprende, entre otros, el uso de plantas medicinales, el acompañamiento del embarazo, el parto y el puerperio, la observación del cuerpo, los rituales de protección, diversas técnicas de cuidado, prácticas alimentarias y espacios de sanación tanto individuales como colectivos. Todas estas prácticas abordan a las personas de manera integral, considerando sus relaciones con las comunidades, las culturas y los entornos.

En distintos países de la región, estos saberes han comenzado a ser reconocidos en las políticas públicas. En Colombia, México y Guatemala, por ejemplo, se valora el rol de las parteras tradicionales en la atención materna. En Perú y Ecuador, se promueve el reconocimiento de la medicina tradicional y su articulación con los sistemas de salud. Aunque diversas, estas experiencias comparten como rasgo común: responden a contextos culturales específicos y se adaptan a las necesidades actuales, demostrando el carácter dinámico del patrimonio vivo.

Quienes ejercen estos saberes cumplen un rol fundamental en el bienestar colectivo.  Sus prácticas no deben entenderse únicamente como una alternativa ante el acceso limitado a la medicina convencional, sino como sistemas de conocimiento con enfoques propios sobre la salud y la vida, capaces de dialogar con otros modelos.

Sin embargo, estos saberes enfrentan desafíos importantes como la falta de reconocimiento institucional, la pérdida de biodiversidad, los procesos migratorios que afectan su transmisión, la apropiación indebida y la discriminación hacia sus portadores.  A pesar de ello, varios países han avanzado en su reconocimiento. Bolivia  y Panamá han desarrollado marcos normativos para la medicina tradicional; Colombia ha incorporado la partería en estrategias de salud materna; y  Honduras promueve el diálogo de saberes en salud, articulando cosmovisiones propias con atención intercultural . Estos son ejemplos que avanzan en la construcción de sistemas de salud más inclusivos, respetuosos de la diversidad cultural y de la participación comunitaria.

La salvaguardia de estos saberes se vincula directamente con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente con aquellos relacionados con la salud y el bienestar, así como con el desarrollo de comunidades sostenibles. Estas prácticas representan formas de cuidado culturalmente pertinentes, accesibles y sostenibles, que fortalecen las capacidades locales.

Salvaguardar este patrimonio implica cuidar la biodiversidad y los territorios de los que depende, así como garantizar que las comunidades mantengan el control sobre sus conocimientos. Supone, además, entender la salud no solo como ausencia de enfermedad, sino como un equilibrio entre individuos, comunidades, culturas y entornos. Esta perspectiva exige acciones concretas: fortalecer el rol de sus practicantes, promover el diálogo intercultural en las políticas públicas, apoyar la transmisión intergeneracional y proteger los territorios y ecosistemas asociados.

Cada vez que una partera acompaña un nacimiento, que una persona conocedora de plantas comparte su saber o que una comunidad organiza espacios de cuidado colectivo, se activa un patrimonio vivo que sostiene la vida. En estos actos se expresa una forma de comprender la salud como un proceso integral, comunitario y profundamente vinculado a la diversidad cultural, así como el ejercicio de los derechos culturales.

Escrito por: Franko Fernández Carpio

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